Donald Trump no es un político, ni un estratega formado en relaciones internacionales. Es un empresario inmobiliario graduado en Wharton, la escuela de negocios de la Universidad de Pensilvania — una de las ocho que forman la Ivy League— y moldeado en el despiadado ecosistema especulativo de Manhattan. Ese origen explica en alguna medida su forma de entender el poder. También lo hace “La ciudad del miedo”, serie documental de una plataforma tan mainstream como Netflix que insinúa conexiones con la mafia.

Trump, pese a presentar sus acciones en términos de geoestrategia, no parece concebirlas tanto desde los esquemas clásicos de reparto de áreas de influencia, el Lebensraum, como en una lógica más directa: asegurar las condiciones que permitan mantener al dólar como moneda central del comercio internacional. Esa centralidad depende, en gran parte, de que el petróleo siga comprándose y vendiéndose en dólares. El concepto de petrodólar no es una teoría marginal, sino una pieza bien conocida del sistema económico global desde que Estados Unidos abandonó el patrón oro en 1971.

Los operadores en áreas de negocio como el inmobiliario de Nueva York compiten tomando posiciones agresivas en el mercado, identifican activos estratégicos y se aseguran su control antes que la competencia. Esa misma táctica, ahora con el primer ejército del planeta a su disposición, es la que aplica Trump en su batalla por los recursos energéticos.

Una vez que se ha hecho con el control de los hidrocarburos de Venezuela, el petróleo superpesado de la Faja del Orinoco posibilitará a las petroleras estadounidenses obtener el diésel que mueve la industria pesada. El petróleo ligero procedente del fracking no es adecuado, por sí solo, para obtener diésel, por lo que debe ser mezclado. La alternativa —las arenas bituminosas de Canadá— es más costosa y políticamente compleja: no imagino cómo podría tomar Trump el control.

Canadian Bacon es una excelente sátira, de 1995, producida por Michael Moore – el documentalista autor de Colombine – en la que un presidente de EE, UU, en apuros, invade a su vecino del Norte para mejorar su popularidad. Es difícil no interpretar que se ha buscado ese mismo efecto respecto al caso Epstein. La ficción ha explorado estas derivas de poder. Series más recientes como Borgen o House of Cards, lo hicieron en sus respectivas cuartas temporadas. Anticiparon escenarios, la danesa con Groenlandia, la estadounidense con China. Aun así, la realidad ha terminado por superar a la ficción. El productor ejecutivo y presentador, durante catorce temporadas del reality, The Apprentice, donde, en cada capítulo, despedía a un aspirante a ejecutivo, ha demostrado una capacidad sin precedentes para convertir la política internacional en un espectáculo de fuerza y humillación.

Hay algo especialmente revelador en el contraste entre el discurso patriótico y las trayectorias personales de algunos trumpistas que lleva a pensar en el negocio como el motor principal de su acción. La exaltación constante de la nación, del sacrificio y de la fuerza suele convivir, no pocas veces, con biografías marcadas por la evasión de responsabilidades colectivas. El estereotipo del patriota militarista que elude el servicio militar es compartido por franquiciador, Trump, y franquiciado, Abascal. No me sorprende. Siempre escuché a mis mayores, cuando algún personaje pregonaba sus virtudes en aquellas televisiones de blanco y negro de mi infancia, aquello de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.


Más allá de retóricas, son los intereses económicos —directos y familiares— los que desempeñan un papel central. La evolución del patrimonio propio y del entorno cercano es un indicador más fiable que muchos discursos grandilocuentes. Las criptomonedas por las que apuesta el séquito presidencial pueden ser un negocio atractivo, pero no es comparable con el que supone tener el control de los precios de los hidrocarburos. Influir a corto plazo en los precios del crudo y asegurarse a medio plazo el acceso a estos recursos cuando escaseen más es, desde esa lógica, una jugada redonda. Tras cuatro décadas de neoliberalismo, la economía mundial es un casino. Y en los casinos, la banca siempre gana. Lo sabe bien quien fue propietario durante 28 años de uno en Atlantic City. En la economía global, la banca es quien controla la moneda en la que se compra y se vende la energía.

Ahora, Trump ha hecho su apuesta más temeraria. Ha iniciado, sin previa declaración, una guerra de agresión contra Irán, acabando con gran parte de sus líderes y dirigentes. Ha destruido al mismo tiempo los restos que quedaban de un orden internacional basado en normas. Está intentado abocar a todo el planeta al todos contra todos hobbesiano. Y ya ha provocado, como una consecuencia calculada, un incremento de la inflación a escala mundial. Si la guerra se prolonga, el escenario de la escasez e, incluso, el racionamiento de los derivados del petróleo, será inevitable.


La Unión Europea tenía —y tiene— una de las mejores defensas posibles frente a abordajes piratas: el Pacto Verde. Su potencial eficacia es uno de los motivos principales por el que quienes orbitan alrededor de Trump, como sus franquiciados en Europa, lo demonizan. Poco importa que sea útil para sus propios países si entra en conflicto con los intereses de su franquiciador.

Frente a esta deriva, la transición ecológica justa —basada en buena parte en la soberanía energética— sigue siendo una de las mejores garantías de seguridad colectiva. La transición energética, la eficiencia, la erradicación de la obsolescencia programada e inducida, democratizar el acceso a la energía y reducir su coste es seguridad y es justicia social. Y, hoy más que nunca, un mundo más seguro solo será posible si es también un mundo más justo. La Unión Europea debe asumir — no hay otra opción para que la ciudadanía europea tenga un futuro digno y no de vasallaje — que es necesario confrontar, como espacio conjunto que comparte valores democráticos y sociales, con el tirano.